sábado, 1 de septiembre de 2012

Lo-li-ta


Salta y agita los brazos mientras sonríe, con su boca de corazón manchada de carmín y piruleta. Las piernas, flacas, los pechos, prematuros, dos trenzas rubias que se contonean en el aire y un atípico rostro infantil deformado por el hecho de saber demasiado.
Grita, patalea y llora al mismo tiempo que se desnuda y repta hacia tu cama contoneando su encantador trasero. Ella quiere cosas. Y no se te ocurra rechazarla porque te lo hará pasar mal. La mujer te mirará con ojos de eterna niña y tú desearás no haber nacido. Dos cuentas de color azul que te acuchillarán mientras en su rostro está presente una impecable sonrisa infantil, ribeteada por un aparato bucal malévolo y plateado.
Se acerca, se sitúa peligrosamente cerca de tu segundo cerebro mientras acaricia tus extremidades, y te pregunta en susurros si la quieres, si la crees bella. Una bofetada sigue a la sonrisa, y ella se echa a llorar, mientras te apunta con el dedo, y grita pidiendo ayuda.
La barra de labios roja se rompe, mientras la sombra de Lolita desaparece y se sitúa junto a la de otro perro viejo y trastornado.

La niña que se vio privada de un desarrollo normal, la que se entretiene chupando caramelos y otras cosas a los hombres mayores.


Grim 

sábado, 18 de agosto de 2012

La nada reluciente

Y los quietos nos reímos, ácidos, corruptos por la envidia y sabedores de ello. Nuestras carcajadas a costa de los ignorantes son el alivio que tenemos por ser la más pura medianía, que, aun pareciendo extensa, es reducida y condenadamente amarga. Conscientes de nuestra propia incapacidad nos consumimos de manera brillante ante los ojos estúpidos de los seres de la tierra, tratando de compensar así que somos pájaros sin alas. Admiramos internamente a esos mitos que vuelan lejos de nosotros, y ante nuestro singular aperitivo los tratamos como hermanos, tratando de demostrarle así que somos iguales que esas leyendas que tan lejos quedan de nosotros en realidad. Y nos creen. Porque son imbéciles, y no entienden. Pareceremos plata por hablar del oro, y cuanto más nos duela el hablar y más sufra nuestra psique, más pareceremos relucir, y nos confundirán con el platino mismo. Sin embargo, esas estrellas, cuyo brillo nosotros no tenemos pero sí entendemos, jamás sabrán de nuestro fugaz fulgor dudoso, y nuestro resplandor quedará apagado, ignorado por los que se mueven, y, si acaso, olvidado por los que siquiera llegaron a nacer y morir en el acto.

http://www.youtube.com/watch?v=6VAkOhXIsI0

miércoles, 18 de julio de 2012

El verdadero sentimiento

En este mundo es así, es normal. Siempre crees que te has enamorado, y, en efecto, lo ves más especial que ninguno de los putones anteriores a los que te has follado. Su lengua abraza la tuya como ninguna otra, su polla es más grande que las de los demás, y cuando la tiene clavada lo más adentro que tus apestosas entrañas hayan sentido, te mira fijamente a los ojos y no recuerdas que nadie haya hecho eso nunca antes. Y, como un gilipollas, con las piernas abiertas y temblorosas y apretándole con la fuerza de marica que te queda, se lo dices. Se lo escupes hacia arriba con tono de zorrón primerizo acobardado, te lo crees, y él hace como que se lo cree.
A los dos días caminas por la calle con gafas de sol en un día no tan soleado, con un pañuelo rodeándote el cuello. Ya has llorado, ya has apretado tus muslos, y ya le has borrado de tu agenda. Todo ha pasado. Pero aún queda una lágrima por caer; y cae, la muy jodida cae, justo rozando el borde del enorme batido de fresa que te estás tomando en un restaurante de comida rápida ambientado en los años 20. Te ríes de ti mismo, y de pronto aparece otro, que te seca la mejilla, te pregunta, y te sonríe. Tú lo miras sorprendido, y miras el entorno. Es todo tan característico, tan nuevo, tan concordante con sus pectorales y su exuberante carácter, que, otra vez, te encuentras pasando tras su espalda en un piso que no conoces. No hay ropa, no hay sábanas. Y pronto te encuentras de nuevo con amnesia, susurrando como una puta: "te quiero".

Quería ser desagradable con todos vosotros.

lunes, 18 de junio de 2012

Anna

Estábamos en el parque donde tiempo atrás solíamos acudir en hordas de preadolescentes eufóricos con el único afán de compañía y extravagancia, sentados en la misma hierba que creció alimentada por nuestras voces y carcajadas. Anna se acariciaba las rodillas, escondidas debajo de mil y un colores que formaban, a retales, sus holgados pantalones. Con el movimiento de sus brazos, se hacía hueco en el silencio el sonido de las chapas de su pulsera al chocar.

-¿Sabes qué es lo peor de tener tan mala memoria?- preguntó, sin apartar la vista del frente. No supe qué contestar. Al parecer, ella tampoco esperaba una contestación de mi parte, por lo que giró su cabeza hacia mí y continuó:

-Lo peor de tener tan mala memoria es que nunca recuerdas cómo era ser tú hace unos años. Me refiero a... no sé... Del sufrimiento se aprende, ¿no? Pues resulta que no, que yo no aprendo. Y créeme que he sufrido, y a partir de ello he sentido, he pensado y he crecido, me he formado. Pero pasa el tiempo, y se atenúa todo, y de pronto me pregunto si en verdad siento algo, me siento estúpida porque no llego a ninguna conclusión sobre nada, me veo llana, como alguien que no ha vivido, y mi formación, la que yo me he granjeado, toda la arquitectura de lo que se supone que soy, se desmorona. Vuelvo al principio, y caigo en esos mismos errores. Y vuelvo a sentir, a pensar y se supone que vuelvo a montar de cero el castillo, con las mismas piezas que cojo de los escombros del anterior.

Hacía tiempo que había vuelto a dejar de mirarme. Tras esto, estiró las piernas y se tumbó en el suelo, descalzándose de sus sandalias. Las manos descansaban sobre su regazo, y ahora miraba al cielo, libre de manchas.

-No quiero perderme de vista. Lo he hecho muchas veces.

Susurraba tendida ahí, sobre el césped que tanto tiempo atrás nos había escuchado reír, y que ahora se encontraba tan vacío, sin echar de menos.

Sin decir una palabra, la observé unos segundos. Aguardé a que tomara consciencia de que estaba sola. Y la dejé, regalándole el recordar de ese sentir, que se diera cuenta de que lo había vuelto a hacer.

lunes, 11 de junio de 2012

Soledad

Tengo que ir a comprar tabaco.

Bailo con una sonrisa tensa y tras beber el contenido del vaso, igual de amargo y agridulce que la situación, enciendo un cigarrillo que sostengo en mi mano en alto, mientras expiro el humo contorsionando el cuerpo con el ritmo de mi canción.
Y doy una calada tras otra, hasta acabar el paquete. Por el tiempo que pasa, por los hechos que se quedan y por los que no suceden. Por las personas que me rodean, entre las que yo no estoy, por la aceptación que realmente nunca ha sido otorgada. Uno, tras otro, van consumiéndose los cigarrillos, como expresión de un vicio externo que utilizo para apagar mi suplicio, y que me causará la muerte. 
La angustia que emerge cuando se pasa el efecto del sedante que me es inyectado por una mentira, que se hace llamar como un hombre. Cuando toda la mierda huele y se reconcentra, cuando todo parece exactamente lo que es. En realidad no importa.
Es el momento, y sé cómo vivirlo. Bailarlo sola con un cigarrillo en la mano y un vaso de Bourbon en la otra. 
Y que le jodan.


Grim